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10
Jul

¡Mi algoritmo se coludió!

Por Radoslav Depolo, Socio – Kennedys Abogados

Las leyes de defensa de la competencia ven la colusión a través de un prisma “humano”, enfocándose en la existencia de un acuerdo entre empresas administradas por personas. Sin embargo, cuando los algoritmos y las computadoras asumen el papel de actores en el mercado, el rango de infracciones puede ir más allá de la colusión tradicional.

Si se mira el desarrollo probable de la inteligencia artificial, es posible identificar cuatro categorías en las que podría ocurrir una “Colusión 4.0”.

En la primera, se usan algoritmos para ejecutar la voluntad colusiva de dos o más competidores. Los humanos acuerdan el cartel y usan un algoritmo para implementarlo y monitorearlo. La inteligencia artificial es simplemente un instrumento del ilícito.

En otra, un mismo algoritmo determina el precio de mercado cobrado por numerosos usuarios. En este escenario, un acuerdo vertical por sí solo no necesariamente es ilegal, pero un conjunto de acuerdos verticales similares entre el desarrollador del algoritmo y sus clientes (que compiten entre sí) puede dar lugar a un acuerdo. La pregunta es si los competidores acordaron o no usar ese algoritmo para coludirse.

En la tercera categoría, las empresas diseñan unilateralmente un algoritmo para que genere resultados predecibles y reaccione de una manera determinada ante las condiciones del mercado. Cada competidor desarrolla su máquina por su cuenta, con conocimiento de los posibles desarrollos de otras máquinas usadas por sus competidores. La adopción del mismo algoritmo por toda la industria puede generar un efecto colusivo mediante la interacción de dichas máquinas.

En la última, cada competidor diseña y usa unilateralmente algoritmos informáticos instruidos para maximizar sus beneficios. Los algoritmos, a través del autoaprendizaje y la experimentación, determinan autónomamente los medios para optimizar ese beneficio, de tal forma que es el software quien decide la estrategia que considere óptima para ese fin, lo que puede llevarlo a “conversar” con los otros algoritmos de la competencia.

Las primeras dos categorías se acercan a la forma tradicional de colusión, pues obedecen a la voluntad humana. En las dos últimas, en cambio, es la autonomía de los algoritmos la que genera la colusión.

¿Es posible entonces atribuir voluntad -y por tanto responsabilidad- a un algoritmo? ¿Quién responde por una colusión algorítmica autónoma? ¿Cómo se prueba? ¿De quién depende ese algoritmo, de su desarrollador, del usuario? ¿Y si el algoritmo opera fuera de Chile, pero afecta nuestros mercados? ¿Está nuestro derecho preparado para este desafío? Dado que las leyes de defensa de la competencia suelen describir la colusión en términos amplios, mientras no exista una modificación legal que reconozca esta nueva realidad serán los jueces los encargados de responder estas preguntas. Un nuevo desafío para el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia y para la Corte Suprema.

Las leyes de defensa de la competencia ven la colusión a través de un prisma “humano”, enfocándose en la existencia de un acuerdo entre empresas administradas por personas. Sin embargo, cuando los algoritmos y las computadoras asumen el papel de actores en el mercado, el rango de infracciones puede ir más allá de la colusión tradicional.

Si se mira el desarrollo probable de la inteligencia artificial, es posible identificar cuatro categorías en las que podría ocurrir una “Colusión 4.0”.

En la primera, se usan algoritmos para ejecutar la voluntad colusiva de dos o más competidores. Los humanos acuerdan el cartel y usan un algoritmo para implementarlo y monitorearlo. La inteligencia artificial es simplemente un instrumento del ilícito.

En otra, un mismo algoritmo determina el precio de mercado cobrado por numerosos usuarios. En este escenario, un acuerdo vertical por sí solo no necesariamente es ilegal, pero un conjunto de acuerdos verticales similares entre el desarrollador del algoritmo y sus clientes (que compiten entre sí) puede dar lugar a un acuerdo. La pregunta es si los competidores acordaron o no usar ese algoritmo para coludirse.

En la tercera categoría, las empresas diseñan unilateralmente un algoritmo para que genere resultados predecibles y reaccione de una manera determinada ante las condiciones del mercado. Cada competidor desarrolla su máquina por su cuenta, con conocimiento de los posibles desarrollos de otras máquinas usadas por sus competidores. La adopción del mismo algoritmo por toda la industria puede generar un efecto colusivo mediante la interacción de dichas máquinas.

En la última, cada competidor diseña y usa unilateralmente algoritmos informáticos instruidos para maximizar sus beneficios. Los algoritmos, a través del autoaprendizaje y la experimentación, determinan autónomamente los medios para optimizar ese beneficio, de tal forma que es el software quien decide la estrategia que considere óptima para ese fin, lo que puede llevarlo a “conversar” con los otros algoritmos de la competencia.

Las primeras dos categorías se acercan a la forma tradicional de colusión, pues obedecen a la voluntad humana. En las dos últimas, en cambio, es la autonomía de los algoritmos la que genera la colusión.

¿Es posible entonces atribuir voluntad -y por tanto responsabilidad- a un algoritmo? ¿Quién responde por una colusión algorítmica autónoma? ¿Cómo se prueba? ¿De quién depende ese algoritmo, de su desarrollador, del usuario? ¿Y si el algoritmo opera fuera de Chile, pero afecta nuestros mercados? ¿Está nuestro derecho preparado para este desafío? Dado que las leyes de defensa de la competencia suelen describir la colusión en términos amplios, mientras no exista una modificación legal que reconozca esta nueva realidad serán los jueces los encargados de responder estas preguntas. Un nuevo desafío para el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia y para la Corte Suprema.

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